Veinte años de experiencia como pescador le
enseñaron a Gregorio collado esta lección: el mar puede darle de comer a
sus hijos, pero también puede dejarlos huérfanos.
“Muchas embarcaciones de playas del coco han salido
y no han regresado, no puedo decir ni una, ni dos, ni tres, muchas
embarcaciones se han ido con este sueño de ir a pescar…”, dice Gregorio.
Y el lo sabe muy bien, porque la suya, fue una de esas embarcaciones.
Gregorio y su tripulación salieron en un viaje de 14
días por el pacifico pero estuvieron en altamar durante 46. Sin comida y
prácticamente sin agua, vivieron para contar la historia de un milagro.
El 16 de noviembre de 2007, Gregorio se hizo a la
mar con dos de sus hijos, un sobrino y un amigo en la embarcación Piscis
III. El viaje prometía ser exitoso. “Trabajamos el día 17, tuvimos una
buena pesca, sacamos 42 dorados, una pesca muy buena, un buen principio
para nosotros como pescadores, pero el día 18 de ese mismo mes se nos
averió una manguera”, cuenta Gregorio.
El motor se detuvo completamente y aunque Gregorio pidió ayuda por radio, le aguardaba una desagradable sorpresa.
“En todo momento me ofrecieron ayuda, me dijeron
que me iban ayudar, que no me iban a abandonar y seguí esperando, seguí
creyendo que como compañeros no me iban a abandonar, pero la ayuda nunca
llegó”, narró.
Al ver que aquellos hombres lo habían abandonado y
que las corrientes arrastraban el bote, Gregorio decidió depositar su
confianza en alguien más; “le entregue mi corazón a cristo, fue lo
primero que hice, reconocer que si había fallado y que si había tenido
algún error, había que confesar delante de el que era necesario
reconciliarme, afirmarme una vez mas y el me oyó estoy seguro”.
Gregorio le pidió a sus compañeros que creyeran con
todo su corazón que Dios podía salvar sus vidas. Y cuando el alimento
comenzó a acabarse, ocurrió un primer milagro.
Uno de los muchachos que estaba nadando en el mar
encontró una tortuga, y con la ayuda del resto de la tripulación la
subieron al barco.
“El Señor nos enviaba todos los días dos tortugas,
llegaban milagrosamente a la embarcación Piscis III...dos tortugas
diarias”, dijo el capital de la embarcación.
La fe de Gregorio comenzó a motivar al resto de la
tripulación, incluso cuando tuvieron que racionar el agua al máximo y
apenas podían tomar unos sorbos al día, en donde a pesar de en ocasiones
pensar en lo negativo, se negaba a aceptar que ese sería su fin, porque
el Señor siempre les daba esperanza, les daba fe.
La tripulación comenzó a orar todos los días y no se
cansaba de clamar a Dios por un milagro…hasta que un día, un barco se
acerco a su bote.
“Como a las siete y media el barco paso cerca de
nosotros, como a doscientos metros, empezamos a levantar las banderas.
Cuando iba como a una milla, el barco dio vuelta y nos pusimos a llorar
todos emocionados cuando vimos que en ese nos íbamos”, narró.
Hoy, Gregorio no deja de contarle a la gente sobre
el Dios de milagros que los rescató del mar, mientras disfruta jugando
con sus hijas en la playa.
“Si vale la pena esperar un milagro, el salmo 40
dice pacientemente esperé en Jehová y el me oyó. Si vale la pena, yo les
animo. Si vale la pena esperar pacientemente, Jesucristo nunca falla,
el sabe llegar y llega a tiempo, si vale la pena”, finalizó.

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