Uno
tras otro, los grandes aviones fueron aterrizando en el aeropuerto.
Hacía buen tiempo, y las señales de radio y las luces de aterrizaje
funcionaban como debían. Las instrucciones emitidas desde la torre de
control del aeropuerto de Ankara, Turquía, eran claras. Fue así como
aterrizaron dieciséis aviones esa noche entre las 0 horas y las 6 de la
mañana.
Sin embargo, el controlador aéreo Guclu Cevik, que sufría de
narcolepsia, había estado dormido la mayor parte del tiempo.
Semidormido, había dado, mecánicamente, las instrucciones. Por suerte y
de milagro, no ocurrió ningún accidente.
Es terrible cuando, por obligación del cargo o del oficio, el que
tiene que estar bien despierto y alerta se duerme en su trabajo.
¿Qué le puede pasar a un autobús repleto de pasajeros, que anda
por un camino montañoso, si el chofer se duerme? ¿Qué le puede pasar a
un barco ballenero que se arriesga en un mar turbulento, plagado de
témpanos de hielo, si el timonel se duerme?
Los centinelas que vigilan el cuartel no deben dormirse. Los
agentes de policía que cuidan el vecindario no deben dormirse. Las
enfermeras que, en la unidad de cuidados intensivos, controlan los
aparatos que regulan los signos vitales no deben dormirse.
Por lo mismo, un padre que tiene hijos pequeños y adolescentes
tampoco debe dormirse. Los traficantes de drogas saben cómo iniciar a
un joven en la nefanda adicción de marihuana y cocaína. Los programas
de televisión saben cómo incitar al incauto en la pornografía y el
crimen. Detrás de cada amigo ocasional puede esconderse un secuestrador
de mentes, de corazones y de vidas.
Descuidarse en la educación moral, especialmente de los hijos
pequeños, es dormirse cuando más necesitan ellos un padre alerta.
Permitir que los hijos se críen por su cuenta, sin dirección, sin
escuela, sin iglesia y sin Dios, es entregarlos en manos de ladrones
del alma, que listos están para chuparse la última gota de sangre moral
y espiritual.
Si los que somos padres o madres queremos hijos inteligentes,
sanos, limpios y con valores morales, debemos vigilar con celo
constante sus actividades. Por todos lados hay peligrosas tentaciones
que llaman a los jóvenes con una atracción casi irresistible, y
únicamente con un fuerte respaldo hogareño podrán ellos vencer esas
tentaciones.
Quien nos ayudará a velar por nuestros hijos es Jesucristo, el
Señor viviente. Invitémoslo a vivir en nuestro corazón, de modo que
forme parte de nuestra vida y de nuestro hogar.

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